No fue fácil sumarla al grupo. Como amateurs de
un Club de la Serpiente, nuestros debates eran mucho más reales, pero no por
eso, más creíbles. Su Daniel no era una traba, el tipo no quería saber nada con
ella y se notaba en sus testimonios, cuando empezó a venir más seguido a la
feria con el único fin de conversar conmigo. El escape de un English man a un
indio era demasiado plástico; pero las cosas de cuentos sencillos ocurren en la
vida. Y sólo se llega a esa conclusión cuando se está solo, en el baño,
reflexionando. Aún así, me llevó un mes y medio comentarle de mí, de mis cosas
y básicamente del Viaje. Todo ese tiempo fue escuchar atenta o distraídamente
sus idas y venidas, sus hombres, sus rasguños, su felicidad, su agonía y todo
decorado con palabras dignas de una señorita porteña. En mi caso, las metáforas
eran lo mío, y por eso mismo, aproveché el silencio del relato más actual en su
acontecer para asomar la cabeza y pasar a mi
historia.
No hubo mucho que contar, más que introducirla
a los nombres de mis amigos de una forma disimulada y mencionar unas cinco
veces: “Sí, pero bueno, ahora en unos meses viajamos y esperemos que todo
cambie para bien.” En la quinta vez que lo dije, se le ocurrió preguntarme a dónde
íbamos y con qué motivo y quiénes y cómo. Bingo. Vos te vas a venir conmigo, vas a ver. Y fue después de ese mes y
medio que empezamos a salir, al principio solos, y el sexo nuevo y las charlas
posteriores o el sueño. Después se me ocurrió llevarla a nuestra cueva. Si éramos
un club, no éramos de un reptil precisamente… creo que éramos un muy buen
mamífero, como un alce o búfalo o buey. Eso, algo así. La llevé y como los
perfectos cavernícolas que éramos, la dejamos que se siente al lado de Rudy. Ella
y Ernesto todavía no se demostraban afecto frente a nosotros, pero bien los habíamos
visto a los besos, de lejos, mientras se compraban un trago en la barra del
Nuevo Bar, uno puro rock y rock del bueno.
Hugo la dejó hablar al principio, pero no tardó
en ventilar sus ideologías y arrojarlas como dardos en dirección a todos. Éramos
una ronda en pequeños futones y luces medio rojas/amarillas. Éramos un grupo de
cavernícolas alrededor de una fogata, definitivamente. La cerveza y los
estupefacientes en el baño nos llevó a querernos a tal punto que Hugo tiró la
iniciativa:
—Venite si querés, Lila. Hay lugar para uno más.
¿Lo había? El auto de Hugo era más o menos
grande y nosotros éramos bastante bohemios, un bolsito pequeño cada uno y
listo. Pero Lila era el costado burgués. Teníamos unas cinco semanas para
transformarla y que se despojara de sus bienes materiales. Esa noche terminamos
en lo de Ernesto, que injustamente se fue a dormir con Rudy y quedamos Hugo,
Lila y yo. De algo teníamos que hablar.
—El mantenimiento del auto es un bardo, pero se
puede, yo creo que tira.
—¿Tan emocionados están por irse?
—¿Qué te parece? –acoté yo –Nos estamos
sofocando acá.
—Además, allá está nuestro futuro, la bola de
cristal que nos asegura, bah, al menos a mí me asegura, que nos va a ir re
bien.
—Gente realmente talentosa triunfando…
—Probando su suerte –corrigió Lila.
—Disculpame querida, pero nosotros vamos a
triunfar –le amenazó Hugo.
Y eventualmente, ella se quiso ir a su casa
cuando amaneció y yo la acompañé a una remisería. Yo tenía en claro que en el
trayecto me iba a decir que Hugo no le caía bien, pero no me dijo nada. Porque
ella también tenía en claro que Hugo era mi mejor amigo.
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